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27 Jul 2026

Dra. Farah de la Cruz, Geriatría

Si tienes un familiar adulto mayor o tú mismo estás entrando en esta etapa de la vida, hay algo que me gustaría que supieras: las caídas no son una consecuencia inevitable del envejecimiento.

Muchas personas creen que tropezar con frecuencia, perder estabilidad al caminar o sufrir caídas ocasionales es algo normal con la edad. Sin embargo, en la mayoría de los casos existen factores de riesgo que pueden identificarse y corregirse a tiempo.

Como médico, veo con frecuencia cómo una caída puede cambiar significativamente la vida de una persona mayor. Más allá de una lesión, una caída puede afectar la movilidad, la confianza y la independencia, impactando la calidad de vida tanto del paciente como de su familia.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las caídas son la segunda causa mundial de muerte por lesiones accidentales o no intencionales, y los adultos mayores se encuentran entre los grupos más vulnerables a sufrir consecuencias graves.

Además, una persona que ya ha sufrido una caída tiene mayor riesgo de volver a caer en el futuro.

Las caídas suelen ser el resultado de varios factores que actúan de forma simultánea. Entre ellos se encuentran la pérdida de fuerza muscular, los problemas de equilibrio, la disminución de la visión, ciertas enfermedades crónicas, el uso de múltiples medicamentos y algunos riesgos presentes en el hogar.

Con el paso de los años, nuestro cuerpo experimenta cambios naturales. La masa muscular disminuye, los reflejos pueden volverse más lentos y el equilibrio puede verse afectado. Cuando estos cambios se combinan con enfermedades como hipertensión, diabetes, artritis o trastornos neurológicos, el riesgo de sufrir una caída aumenta considerablemente.

Muchas veces los pacientes llegan a consulta después de una fractura o de un evento que pudo haberse prevenido. Por eso insistimos en la importancia de identificar los factores de riesgo antes de que ocurra una caída.

La buena noticia es que existen múltiples estrategias para reducir este riesgo.

La actividad física regular desempeña un papel fundamental. Los ejercicios orientados al fortalecimiento muscular, el equilibrio y la coordinación ayudan a mejorar la estabilidad y reducen significativamente la probabilidad de caídas. Actividades como caminar, realizar ejercicios supervisados o practicar disciplinas adaptadas a las capacidades de cada persona pueden marcar una gran diferencia.

También es importante realizar controles médicos periódicos para evaluar la visión, la audición, la presión arterial y la medicación utilizada. Algunos medicamentos pueden provocar mareos, somnolencia o alteraciones del equilibrio que aumentan el riesgo de accidentes.

El entorno en el que vive el adulto mayor también merece atención. Una iluminación adecuada, la eliminación de obstáculos en áreas de paso, el uso de barras de apoyo en los baños y la instalación de pasamanos en escaleras son medidas sencillas que contribuyen a crear espacios más seguros.

Sin embargo, hay algo que siempre les digo a mis pacientes y a sus familiares: la prevención comienza mucho antes de la primera caída.

Mantenerse físicamente activo, acudir a controles médicos regulares, adoptar hábitos saludables y adecuar el hogar son acciones que ayudan a preservar la movilidad, la autonomía y la calidad de vida durante el envejecimiento.

Cuidar a nuestros adultos mayores no significa limitar su independencia, sino brindarles las herramientas necesarias para que puedan mantenerse activos, seguros y disfrutar plenamente de esta etapa de la vida.

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